Seguimos la
historia.
Déjanos ver, mi khan, lo que Dede Korkut dijo en otra ocasión.
Hay cosas dignas de alabanza:
el magnífico Allah por encima de nosotros;
su excelencia Mohammed el amigo de Allah y el jefe de la religión;
Abu Bakú el leal, rezando a mano derecha de Mohammed;
el capítulo del Corán conocido como “Las noticias”;
El Ya Sin (Sura 36) que debería ser leído sin omitir ni una sílaba;
Ali, el jefe de los valientes, que uso su espada de forma exitosa por la causa de la religión;
Hasan y Huseyin, los hijos de Ali y los abuelos de Mohammed, que fueron mártires en manos de los yacidas en la llanura de Kerbela;
el Corán, que desciende de los cielos;
Othman, el hijo de Affan, patrón de la enseñanza y que hizo que el Corán se escribiera y se dispusiera;
Mecca, la casa de Allah, que fue construida en una llanura baja;
el peregrino fiel que vuelve de la Mecca;
el día del Juicio Final debería llegar un viernes;
los hutbes leen los viernes;
los feligreses que escuchan al hutbe;
el muecín que pregona desde el minarete;
la esposa lícita arrodillada;
el padre de pelo blanco;
la madre que da el pecho a su hijo;
el camello macho que marcha tranquilamente;
el querido hermano;
la cámara nupcial situada a un lado de la tienda de campaña roja;
el hijo;
el incomparable Allah, creador del Universo.
Que el omnipotente Allah, cuyas plegarias he cantado, esté siempre contigo, oh, mi khan.
NOTA: Disculpad los posibles errores de traducción.
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Continuando la
historia, pinchad en la imagen para agrandar.

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La tradición narrativa oral turca es de gran riqueza y
Dede Korkut Kitabı es un ejemplo de ello. Esta epopeya épica describe la época de los turcos Oğuz a finales del siglo IX, así como a otros pueblos de Asia Central. Al ser transmitida de forma oral de generación en generación, las historias se fueron ampliando y modificando.
Los dos primeros manuscritos que se encontraron y que sirvieron más tarde para su difusión datan del siglo XVII. Una copia fue hallada en la biblioteca real de Dresden y traducida al alemán por H.F. von Diez en 1815 y otra fue encontrada en la biblioteca del Vaticano en 1950 por Ettore Rossi. La UNESCO declaró este libro en el año 2000 obra maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.
Los cuentos escritos en prosa y con alguna parte poética narran las luchas entre los turcos oğuz y los pueblos turcos seminómadas: pechenegs y kipchags. Pese a que el libro describe a los héroes como buenos musulmanes hay muchas referencias pre-islámicas y shamanistas; lo que lo convierten en una de las
dastan (leyendas) más importantes de la literatura turca, azerbaiyana, kazaja, kirguiza y turcomana.
En 2007 filmaron en Turquía una mini serie llamada
Dede Korkut hikayeleri dirigida por Atilla Candemir, inspirada en las historias de Dede Korkut. Ya en 1975 habían filmado una película en Azerbaiyán basada en estos cuentos.
Iremos publicando poco a poco partes del libro para que los amantes de "El Cantar del Mío Cid", "La Chanson de Roland", "La Ilíada", "Beowulf", "Der Ring des Nibelungen" o "Mahābhārata", obras clave de la épica española, francesa, griega, inglesa, alemana e india respectivamente, puedan disfrutar con una pieza importante de este género.
Traducido al castellano por
samimi: disculpad si hay algún error. Pinchad en la imagen para leer.
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Keloğlan siempre encuentra solución a un problema. Una respuesta basada en la razón. En algunos cuentos cuando todas las soluciones fallan incluso aquellas en las que participan las fuerzas sobrenaturales y los poderes mágicos, se recurre a Keloğlan. A veces los narradores que recitaban las historias no daban una respuesta aparentemente muy clara o elaborada y dejaban la interpretación a los oyentes sugiriendo que había soluciones de las que no siempre somos conscientes. Los cuentos tienen moraleja y utilizaban frases cortas o largas según el público al que fuese dirigido.
Keloğlan tiene varias funciones en los pensamientos y actuaciones del pueblo que se identifica con él. Es el encargado de llevar a cabo un buen gobierno guiando al sabio y al gobernante y además enseña al pueblo a convertir los sueños en realidad. Es el símbolo de “ganador final”.
Su nombre significa “niño calvo”. Porque siempre permanece así, independientemente de su edad o de la razón médica que le provocó ser calvo a tan temprana edad. Suele ser el miembro más joven de su familia. Nunca se le toma en serio al principio, debido a su apariencia física y su vestimenta. A veces incluso los miembros mayores de su familia quieren aprovecharse de él. Sólo tras una injusticia perpetrada contra él, Keloğlan entra en acción. La primera lección de cualquiera de sus cuentos sería “una inesperada piedra caerá sobre tu cabeza”, que viene a decir que las apariencias engañan.
Sus cuentos suelen tener lugar en Asia Menor, donde los uruks oghuz y turcomanos constituyeron el imperio Selyúcida y se establecieron mucho antes de la batalla de Manzikert en 1071. Los cuentos mezclan la religión que predominaba en aquella época el shamanismo turco con las religiones con las que tuvieron posterior contacto como el zoroastrismo, budismo y mithraísmo y la posterior llegada del Islam.
Ese shamanismo turco estaba basado en la espiritualidad, la hospitalidad, la generosidad, el valor y la capacidad física. Tenía dos vertientes la monoteísta con el dios Tengri y la de deidad dual con Erlik y Dirlik (dioses del cielo y el subterráneo respectivamente). Esos aspectos culturales son importantes pero entender el trasfondo de muchos de los arquetipos de la narrativa oral turca.
Keloğlan como un novio muerto
Keloğlan, el niño tiña, debía tener muy mala apariencia, pero era listo. Se enamoró

de una chica de su barrio, pero no era capaz de comunicarle su amor ni de pedir su mano a su familia. Después de pensar en ello por un tiempo, llegó a una salida muy inteligente para conseguir a la chica. Llamo a su madre, “¡Madre, madre ¡ ¡Ven aquí! “¿Qué pasa hijo?, preguntó su madre.
Keloğlan dijo: “Madre, me voy a tumbar aquí como si estuviese muerto. Tienes que empezar a llorar y decir, “Oh, mi Keloğlan , mi niño tiña, está muerto! Era muy joven para morir, y sus deseos no fueron cumplidos!”. Entonces se tumbo como un muerto. Su madre inmediatamente comenzó a lamentarse. Lloró y dijo, “Oh mi Keloğlan, mi niño de tiña, está muerto! Era muy joven para morir y sus deseos no se habían cumplido todavía!”
Los vecinos pronto escucharon los lamentos de su madre y comenzaron a entrar a su casa. Entre ellos estaba la chica que Keloğlan quería y su familia. Todos vieron a Keloğlan tumbado muerto en el suelo y todos manifestaron sus condolencias a su madre. La familia de su amada dijo, “ Si hubiese querido que su hijo Keloğlan se casará con nuestra hija, se la hubiésemos dado”. Pensaron para sí, “Ahora está muerto, no puede haber ningún daño en decir esto”.
Pero eso era precisamente lo que Keloğlan había estado esperando. Su plan había sido llevado a cabo con el fin de que dijeran esa frase. Tan pronto como les oyó decir eso, se levantó de un salto y agarró a la chica. Desde entonces, cumplieron todos sus deseos.
Fevziye Abla, Kilis, Gaziantep, 1990
Traducción inglés- español: samimi
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El rey de Harrán, que había observado muy atentamente lo que había sucedido, estaba atónito del arrojo de aquel cuerpo de caballería cuyo auxilio inesperado había decidido la victoria a favor suyo. Sobre todo estaba prendado de su caudillo, a quien había visto pelear con extraordinario denuedo. Ansiaba saber el nombre de aquel héroe generoso, e impaciente por verle y darle las gracias, trató de reunirse con él y advirtió que le salía al encuentro. Se acercaron ambos príncipes, y rey de Harrán quedó inmóvil de estupor y júbilo al reconocer a su hijo Codadac en el denodado guerrero que acababa de socorrerle en tan difícil trance, derrotando a sus enemigos.
-Señor –le dijo Codadac., sin duda debéis asombraros viendo de repente a un hombre quizá tenido por difunto. Y así fuera si el cielo no me conservara para serviros contra vuestros enemigos.
-¡Ah hijo mío! –exclamó el rey-. Pero, ¿es posible que te vuelva a ver? ¡Ay de mí! Yo vivía y penaba sin esperanza de alcanzar tanta dicha.
Y dicho esto alargó los brazos al joven príncipe, quien le estrechó amorosamente contra su pecho.
-Todo lo sé, hijo mío –repuso el rey después de haberle tenido largo rato abrazado-. Sé la recompensa con que tus hermanos pagaron el servicio que les hiciste, librándoles de las manos del negro; pero mañana quedarás vengado. Entretanto vamos a palacio. Tu madre, a quien tantas lágrimas has costado, me aguarda para solemnizar conmigo la derrota de nuestros enemigos. ¡Cuánto será su regocijo al saber que mi victoria es obra tuya!
-Señor –dijo Codadac-, permitidme que os pregunte cómo habéis llegado a saber el suceso del castillo. ¿Os lo ha confesado alguno de mis hermanos, llevado por el remordimiento?
-No, hijo mío –respondió el rey-. La princesa de Deryabar nos informó de todo cuando vino a palacio a pedir justicia contra tus hermanos.
Grande fue el gozo de Codadac al saber que la princesa, su esposa, se hallaba en la corte.
-¡Vamos, señor! –exclamó enajenado-. Vamos a ver a mi madre que nos aguarda, pues ansío enjuagar sus lágrimas y las de la princesa de Deryabar.
El rey tomó enseguida el camino de la ciudad con su victorioso ejército, y llegó a palacio en medio de las aclamaciones del pueblo agolpado en torno suyo, pidiendo al cielo que prolongara sus días y ensalzando el nombre de Codadac. La alegría de Piruze y de su nuera que estaban aguardando al rey para darle la enhorabuena, fue inerrable cuando vieron al príncipe que le acompañaba. Se abrazaron estrechísimamente, derramando copiosas lágrimas, aunque muy diferentes de las que ya habían vertido por él. Luego que todos se hubieron desahogado a sus anchas, le preguntaron al príncipe por qué milagro estaba todavía vivo.
Respondió éste que habiendo entrado casualmente en la tienda en que se hallaba desmayado un labrador montado en una mula y viéndole solo y cosido a puñaladas, le puesto sobre la mula y se lo llevó a su casa, en donde aplicó a las heridas ciertas hierbas mascadas que en poco tiempo le habían curado.
- Luego que me hallé bueno –añadió-, di gracias al labrador y le regalé los diamantes que llevaba. Me dirigía a la ciudad de Harrán cuando me enteré por el camino de que algunos príncipes vecinos habían reunido tropas y acometían a los súbditos del rey. Entonces me di a conocer en las aldeas y estimulé el entusiasmo de sus habitantes para que lucharan en su defensa. Armé gran número de jóvenes, y poniéndome a su frente llegué al trance de estar batallando ambas huestes.
Luego que el príncipe hubo terminado su narración, el rey dijo:
-Demos gracias a Dios porque te ha conservado, Codadac; pero es preciso que perezcan hoy mismo los traidores que quisieron matarte.
-Señor –repuso el generoso hijo de Piruze-, por ingratos y perversos que sean, acordaos de que son de vuestra sangre. Como son mis hermanos, les perdono su maldad e imploro vuestra gracia para ellos.
Estos sentimientos tan caballerescos arrancaron lágrimas al rey, quien mandó juntar al pueblo y declaró a Codadac heredero suyo. Después dispuso que trajeran a los príncipes, que estaban aherrojados en un calabozo. El hijo de Piruze les quitó las cadenas y los abrazó uno tras otro con tan entrañable afecto como lo había hecho en el patio del castillo del negro.
El pueblo, prendado del carácter de Codadac, le aplaudió con entusiasmo, y el rey colmó de beneficios al cirujano en agradecimiento de los servicios que había prestado a la princesa de Deryabar.
FIN
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Dicho esto, se retiraron para dejar libre paso a cien ancianos montados en mulas negras, y con barbas largas y blancas.
Eran éstos unos solitarios que habían pasado toda su vida en grutas recónditas, y que nunca se presentaban públicamente sino para asistir a las exequias de los reyes de Harrán o de los príncipes de su estirpe. Estos venerables personajes llevaban sobre la cabeza un libro voluminoso que tenían asido con una mano. Dieron tres vueltas mudamente al sepulcro, y luego, habiéndose detenido a la entrada, uno de ellos pronunció estas palabras.
-¡Oh príncipe!, ¿qué podemos hacer por ti? Si nuestras plegarias o saber pudieran volverte a la vida, barreríamos con nuestras barbas el polvo de tus pies y recitaríamos oraciones; pero el Señor del universo te arrebató para siempre.
Luego que los ancianos hablaron así, se alejaron del sepulcro, acercándose en pos de ellos cincuenta doncellas, montadas en potros blancos, sin velo y con unas cestillas de oro atestadas de piedras preciosas. Dieron también tres vueltas, y habiéndose parado en el mismo lugar que los demás, la más joven tomó la palabra y dijo:
-¡Oh príncipe, antes tan hermoso! ¿Qué auxilio te cabe esperar de nosotras? Si pudiéramos reanimarte con nuestros anhelos y primores, seríamos esclavas tuyas; pero ya no eres asequible al embeleso de la hermosura, y para nada nos necesitas.
Se retiraron las doncellas, y el rey y los cortesanos se levantaron, dieron tres veces vuelta al sepulcro, y el monarca dijo así:
-¡Oh mi querido hijo, luz de mis ojos! ¿Te habré perdido para siempre?
Estas palabras fueron acompañadas de suspiros, y sus lágrimas humedecieron el sepulcro. Los cortesanos lloraron al mismo tiempo; y una vez cerradas las puertas del sepulcro, la comitiva regresó a la ciudad. Al día siguiente se hicieron rogativas en las mezquitas, que continuaron durante ocho días consecutivos. Al noveno dispuso el rey la degollación de los príncipes. Todo el vecindario, airadísimo por su comportamiento con Codadac, ansiaba aquella ejecución. Se levantaron cadalsos; pero hubo de suspenderse la justicia porque se supo que los príncipes vecinos, que habían guerreado ya contra el rey de Harrán, se adelantaban con fuerzas más respetables que la vez anterior y no estaban muy distantes de la ciudad. Grande fue la consternación general al difundirse la noticia, y con este motivo se hizo más dolorosa la falta de Codadac, que había descollado en la guerra anterior contra aquellos mismos enemigos.
-¡Ah! –decían todos-. Si el generoso Codadac viviera todavía, nada temeríamos.
Sin embargo, el rey, en vez de aterrarse, juntó hueste poderosa, salió al campo y marchó contra el enemigo. Este, sabedor por sus descubiertas de que el rey de Harrán se adelantaba, se detuvo en la llanura y formó un ejército en batalla.
Apenas los divisó el rey cuando dispuso su tropa en orden de combate. Mandó tocar ataque y acometió con tremendo denuedo. Los enemigos contraatacaban con tesón. Corrían torrentes de sangre por ambas partes y la victoria permaneció larguísimo rato indecisa; pero al fin iba a declararse a favor de los enemigos del rey de Harrán, los cuales, más numerosos, iban a arrollarle cuando asomó en la llanura crecido cuerpo de caballería. Extrañaron unos y otros aquel nuevo ejército y no acertaron a explicarse el caso; pero no permanecieron por mucho tiempo en aquella incertidumbre, pues la nueva caballería flanqueó a los enemigos del rey de Harrán, acometiéndolos con tanto ímpetu que los desbarató y los acuchilló a casi todos.
Scherezade calló tras estas palabras y suspendió su narración.
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A esta orden, se estremecieron todos los presentes, y el gran visir, sin replicar, se puso la mano sobre la cabeza para manifestar que estaba pronto a obedecer, y salió de la sala para cumplir el mandato que acababa de recibir. Entretanto el rey despidió a todos los que hacían acudido a pedirle audiencia, declarando que en todo el mes no quería que le hablasen de negocios. Se hallaba aún en la sala cuando volvió el visir.
-¿Qué? – le preguntó el rey-, ¿se hallan ya en la torre los príncipes, mis hijos?
- Sí, señor –respondió el ministro-. Vuestras órdenes han sido cumplidas.
- Aún tengo otra que darte –repuso el rey.
Al instante salió de la sala de audiencias y volvió al aposento de Piruze con el gran visir. Le preguntó a la princesa dónde estaba hospedada la viuda de Codadac, y respondiéndole las esclavas de Piruze, porque el cirujano lo había dicho en su narración, se volvió el rey a su ministro y dijo:
- Vete a ese parador y tráete a la joven princesa que habita en él; pero trátala con todo el acatamiento debido a una persona de tan esclarecida alcurnia.
El visir no tardó en ejecutar lo que se le había mandado. Montó a caballo con tofos los emires y demás cortesanos, y se encaminó al parador en que estaba la princesa de Deryabar, a la cual manifestó la orden que tenía, y le presentó, de parte del rey, una hermosa mula blanca, con silla y arreos de oro, bordados de rubíes y esmeraldas. Montó la princesa y se encaminó a palacio con un séquito esplendoroso. La acompañaba también el cirujano en un hermoso caballo tártaro, que el visir le había ofrecido. Los vecinos se asomaban todos a las ventanas o salían a la calle para ver pasar tan magnífica comitiva, y cundiendo la voz de que la princesa que se encaminaba con tanta pompa a palacio era la esposa de Codadac, resonaron mil alegres vivas, que sin duda se trocaron en gemidos de saber la suerte fatal del príncipe.
La princesa de Deryabar halló al rey a la puerta de palacio. Le presentó la mano y la condujo al aposento de Piruze, donde ocurrió una escena lastimosa y peregrina. La esposa de Codadac sintió nuevo pesar al ver el aspecto de los padres de su marido, y éstos no pudieron menos de enternecerse al ver a la esposa de su hijo. Se echó ésta a los pies del rey, y habiéndolos regado con su llanto quedó sobrecogida de tan intenso dolor, que apenas pudo hablar. No era menos doloroso el estado de Piruze; parecía traspasada de dolor, y el rey, conmovido, se dejó llevar por su amarga pesadumbre, y los tres, confundiendo sus gemidos y sus lágrimas, guardaron largo rato acongojado silencio. Por fin, la princesa de Deryabar, volviendo en sí, refirió el lance del castillo y la desgracia de Codadac, pidiendo justicia contra la traición de los príncipes.
- Sí, señora –le dijo el rey-, esos ingratos perecerán; pero antes debe publicarse la muerte de Codadac, para que mis súbditos no se subleven al presenciar el suplicio de sus hermanos. Además, aunque no tenemos el cuerpo de mi hijo, no por eso dejaremos de tributarle los honores debidos.
A estas palabras se encaró con su visir y le mandó que se edificase un sepulcro de mármol blanco en la hermosa llanura donde descuella la ciudad de Harrán, y que se diera un magnífico aposento en palacio a la princesa de Deryabar, a la que reconoció por nuera.
Hasán mandó trabajar con tanta actividad y empleó tantos operarios que al cabo de algunos días quedó concluido el sepulcro, sobre el cual colocaron una estatua que representaba a Codadac. Terminados los trabajos, dispuso el rey que se hiciesen rogativas y señaló día para las exequias de su hijo.
Llegado el día señalado salió todo el vecindario a ver la ceremonia, que se celebró en esta forma: el rey, acompañado de su visir y de los principales señores de la corte, se encaminó al sepulcro, y cuando estuvieron junto a él se sentaron todos sobre las alfombras de raso negro, bordadas de oro; luego se acercaron los guardias de a caballo, y dieron dos veces la vuelta al sepulcro con el mayor silencio; pero a la tercera se pararon delante de la entrada, y dijeron, uno tras otro, estas palabras en alta voz:
-¡Oh, príncipe, hijo del rey! Si algún alivio pudiéramos proporcionar a tus quebrantos con el filo de nuestros alfanjes y el esfuerzo humano, volverías a ver la luz del día; pero el Rey de los reyes ha decretado, y el ángel de la muerte ha obedecido.
Ya amanecía y Scherezade tuvo que suspender la narración.
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¿Nunca te has tropezado con un duende?, ¿Ningún diablo cojuelo te ha hecho una de las suyas?, ¿No has escuchado jamás el jolgorio de un aquelarre, con sus brujas bailando y cantando?, ¿No has sido el caballero, que salva a la princesa que se haya cautiva en la torre? ¿No has visto a las bellas moras de los ibones surgir de las aguas? ¿Acaso los reyes de tus bosques no son jabalíes blancos o majestuosos ciervos? Ya… ya sé lo que éstas pensando de mi: “Menudo chiflado, como voy a ver todo eso, si no existe”
Ese es nuestro problema, que todo aquello que no vemos o que no queremos ver, lo calificamos de inexistente. Pero hay lugares mágicos, parajes de ensueño, que ni siquiera nuestra imaginación es capaz de crear, en los que si buscamos un poco, podemos encontrar a todos estos seres. Y es aquí, en esos paraísos, donde surgen los legendarios personajes de los que vamos a hablar.
Todo comenzó en un pequeño pueblecito de la Ribagorza, llamado Riguala, en el magnífico Pirineo aragonés. Allí vivía Fortuño de Vizcarra, junto a su querida esposa Gisberta y su adorado hijo…su Martinico del alma. Fortuño era pobre, pero era feliz, porque junto a él tenía a los que más quería. Fortuño pasaba largas y duras jornadas en la montaña con sus perros, cazando animales, que eran el suministro familiar. Pero todo este esfuerzo se veía recompensado cuando volvía a casa, allí Fortuño recibía una recompensa de incalculable valor, y esta no era otra que la sonrisa de su esposa y la cara de admiración de Martinico cuando veía la caza. Pero había algo que inquietaba al bueno de Fortuño. Las gentes comentaban que los moros estaban cada vez más cerca. Se decía que se habían hecho fuertes en Huesca, convirtiendo la catedral de San Pedro en mezquita, y que amenazaban con cruzar la sierra de Guara, asolando todo lo que encontraban a su paso. Sin embargo, nadie pensaba que los moros podían llegar hasta las montañas. Nadie, hasta el año 721, cuando el terrible Ben-Awarre comenzó sus incursiones por tierras ribagorzanas. Inútilmente, los montañeses habían intentado plantarles cara a estas huestes que sembraban el dolor en sus correrías. Se presentaban de repente en nutridas bandadas en cualquier pueblecillo, y cuando de los lugares vecinos querían acudir en su ayuda, ya habían huido los moros, después de haber pasado a cuchillo a todos los hombres, haber incendiado las casas y raptado a mujeres y niños. El factor sorpresa estaba con ellos, y era imposible saber cuál sería la siguiente víctima.

En una tarde de verano por el Tosal del Sil, Fortuño se dispuso a pernoctar en la sierra, tras una atareada cacería. Pero su mirada se quedó congelada repentinamente, al iluminarse a lo lejos el monte, con el fulgor inconfundible de un incendio. No cabía duda: su pueblo, Riguala, estaba ardiendo. Y entre el fuego, seguro, estaban todos luchando a vida o muerte, también su mujer con su hijo.
Sin pensarlo ni un momento echó a correr monte abajo. La ansiedad y el coraje ponían alas en sus pies, que casi ni rozaban los matorrales y pedruscos al correr.
A la entrada del pueblo, una algarabía confusa que salía por entre la espesa humareda lo envolvía todo. Gritos de triunfo en lenguas extrañas por un lado, y alaridos de dolor por otro, se clavaban en el alma.

Fortuño llegó a su casa, y allí, en un rincón, encontró abrazados y horrorizados a Gisberta y Martinico. Los cogió apresuradamente y los montó en una mula, y entre gritos y golpes logró abrirse paso entre la morisma y salieron del poblado. Los tres se dirigieron hacia Roda, el pueblo más fuerte y mejor amurallado, en el que además vivían su madre y su hermana.
Pero Roda también había sido saqueada, los pocos que quedaban vivos se apretujaban en la catedral, encogidos y atenazados por el pánico.
Allí dejo Fortuño a su mujer y a su hijo y fue en busca de su madre y su hermana. Buscó habitación por habitación de la casa, y allí encontró el cadáver de su anciana madre, de su hermana no había ni rastro.
Sollozando se llevó el cuerpo del ser querido a la iglesia, pero allí ya no había nadie. Fortuño empezó a buscar a Gisberta y Martinico, casi sin ver por la rabia y llamandolos a gritos.
Inesperadamente, en la oscuridad se tropezó con algo, era un cuerpo, y era el cuerpo de Gisberta, desgarrada y moribunda, que en medio de su agonía decía: “Aparta maldito, que aunque sea mujer, te mataré con tu alfanje por haber estrellado a mi Martinico contra la roca”. Momentos después fallecía en brazos de Fortuño.

Ni una sola lágrima regó el suelo en la noche ya calmada y silenciosa, mientras Fortuño enterraba a lo que más quería. Los puños y los labios le dolían de tanto apretar, y sus ojos, de mirada encendida, compitieron con los millones de estrellas testigos de la tragedia.
Los montañeses son pacíficos y odian la violencia. Sólo cuando alguien se mete con su casa, su familia, su fe, parece despertar en ellos el duro y terrible luchador que se ha curtido en una naturaleza áspera y hostil.
Por las sierras de Sil, de Campanué, de Olsón, corre la fama de un terrible bandolero. Las gentes del lugar murmuran que posee tal fuerza y musculatura, que hasta los osos, reyes de la montaña, temen enfrentarse a él. Dicen que es un cristiano que odia a muerte a los invasores de su patria. Se le atribuyen crueldades sin cuento y los moros lo llaman el almogávar, el salteador de caminos.
Es Fortuño de Vizcarra, al que se van uniendo otros muchos aguerridos montañeses.
Aquí comienza la historia de unos legendarios guerreros, la historia del ejército más temido del Mediterráneo…aquí comienza la historia de los almogávares.
Fuente: "Leyendas del Pirineo, para niños y adultos", Rafael Andolz
Artículo escrito por: el colaborador Sergio. Muchas gracias desde aquí.
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Se dirigió, pues, a la ciudad caminando hacia el palacio como un hombre llevado por la curiosidad de ver la corte, cuando vio a una dama montada en una mula ricamente enjaezada. Formaban su séquito varias doncellas igualmente montadas y gran número de esclavos negros. Todo el vecindario se alienaba para dejarla pasar, y la saludaban postrándose hasta el suelo. La saludó el cirujano con el mismo acatamiento y luego preguntó a un calentado que se hallaba a su lado, si era aquella una de las mujeres del rey.
-Sí, es una de ellas- le dijo el calendo-, y la más honrada y querida del pueblo, porque es la madre de Codadac, de quien sin duda habréis oído hablar.
Le bastó esto al cirujano para seguir de cerca a Piruze hasta una mezquita en la que entró para dar limosnas y asistir a las rogativas dispuestas por el rey para pedir a Dios que le devolviese a Codadac. Se agolpaba el pueblo, muy interesado en la suerte del príncipe, para unir sus ruegos a las oraciones de los sacerdotes, de modo que la mezquita estaba llena de gente. Pasó el cirujano por en medio de la muchedumbre y se acercó hasta los guardianes de Piruze. Oyó todas las oraciones, u cuando aquella princesa se marchaba, se acercó a uno de los esclavos de acompañamiento y le dijo al oído:
-Hermano, tengo un secreto importante que descubrir a la princesa Piruze. ¿Podrías introducirme en su aposento?
- Si ese secreto –respondió el esclavo- tiene relación con el príncipe Codadac, desde ahora os prometo que lograréis la audiencia que deseáis; pero si se trata de otro asunto, no os presentéis a la princesa, porque no quiere que le hablan de otro asunto que del de su hijo.
- De ese querido hijo quiero hablarle- repuso el cirujano.
-Siendo así –dijo el esclavo-, seguidme a palacio y pronto hablaréis con ella.
Y, en efecto, cuando Piruze volvió a su aposento, el esclavo le dijo que un desconocido quería comunicarle una noticia importante relativa al príncipe Codadac. Apenas hubo oído estas palabras la princesa manifestó ardientemente deseo de ver al desconocido, a quién llevó el esclavo al aposento de la princesa, quien despidió a sus esclavas, excepto a dos que le merecían total confianza. Al entrar el cirujano, preguntó arrebatadamente qué noticias traía de Codadac.
- Señora –respondió el cirujano, después de haberse postrado hasta el suelo-, larga es la relación que tengo que haceros y asombrosos los hechos que voy a referiros.
Le contó entonces muy detalladamente cuanto había ocurrido con Codadac y sus hermanos, escuchándole la princesa con suma atención; pero cuando llegó a hablar del asesinato, aquella tierna madre cayó desmayada sobre un sofá. Como si se sintiera traspasada con los mismos puñales que habían atravesado a su hijo. Acudieron las dos esclavas y la hicieron volver en sí. El cirujano prosiguió la narración, y cuando la hubo terminado, la princesa dijo:
-Volved con la princesa de Deryabar y aseguradle, en mi nombre, que el rey la reconocerá por nuera, y estad persuadido de que sabrá agradecer vuestros servicios.
Luego que el cirujano se marchó, Piruze permaneció postrada de dolor, fijo el pensamiento en su querido Codadac.
-¡Oh hijo mío! –decía-. ¿Por qué he de verme para siempre privada de tu vista? ¡Ay de mí! Cuando te dejé marchar de Samaria para venir a esta corte y te despediste de mí, era muy ajena a que te aguardase una muerte funesta lejos de mi presencia. ¡Oh, desventurado Codadac!, ¿por qué te separaste de mí? Verdad es que no te hubieras granjeado tantísima gloria; pero aún estarías con vida y no harías derramar tantas lágrimas a tu madre.
Al decir estas palabras lloraba amargamente, y sus dos confidentes, conmovidas por su desconsuelo, confundían sus lágrimas con las de la princesa. Mientras estaban las tres inconsolables, entró el rey en el aposento, y viendo su angustia preguntó a Piruze si había tenido alguna triste nueva de Codadac.
-¡Ah señor –le dijo la princesa-, todo se acabó! Mi hijo ha muerto, y para mayor dolor no puedo tributarle los honores debidos, porque, según toda apariencia, le han devorado las fieras.
Al mismo tiempo le refirió cuanto le había dicho el cirujano, y no dejó de manifestarle de qué modo cruel había perecido Codadac bajo el puñal de sus hermanos.
No le dio el rey tiempo a la princesa para que terminara su narración, y cediendo a su enojo, le dijo:
-Señora, ya recibirán el debido castigo los pérfidos que os hacen derramar tantas lágrimas y traspasan de dolor el corazón de un tierno padre.
Dicho esto, el monarca pasó a la sala de audiencias rebosando ira. Le rodearon todos sus palaciegos y los súbditos que tenían alguna súplica que hacerle, y se quedaron atónitos ante el furor que se leía en sus ojos. Supusieron que estaba enojado contra su pueblo, y el temor se apoderó de sus corazones. El monarca se sentó en su trono, y llamando a su visir, dijo:
-Hasán, tengo que darte una orden: toma inmediatamente mil soldados de mi guardia y prende a todos los príncipes, mis hijos. Enciérralos en la torre destinada a servir de cárcel para los asesinos, y ejecútalos prontamente.
Scherezade interrumpió su narración pues ya amanecía.
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Entretanto Codadac, anegado en sangre y casi muerto, se hallaba en su tienda con la princesa, su mujer, tan digna de compasión como él mismo, pues hacía resonar el aire con sus gritos, se arrancaba los cabellos y regaba con sus lágrimas el cuerpo exánime de su marido.
-¡Ah, Codadac! –exclamaba-. Mi querido Codadac, ¿eres tú el que veo pronto a yacer con los muertos? ¿Qué manos crueles te han puesto en esa situación? ¿Podré creer que sean tus propios hermanos, a quienes tu denuedo salvó la vida? No, son más bien demonios con este dictado tan halagüeño han venido a exterminarte. ¡Bárbaros! Quienesquiera que seáis, ¿cómo habéis podido pagar con tan atroz ingratitud el beneficio que acababa de haceros? Pero, ¿por qué culpar a tus hermanos, desgraciado Codadac? A mí sola es a quien debo achacar tu muerte. Has querido unir tu suerte a la mía, y te alcanzó todo el peso de la desventura que me persigue desde que dejé el palacio de mi padre. ¡Oh cielos, que me habéis condenado a una vida errante y llena de fracasos! Si no queréis que tenga esposo, ¿por qué habéis consentido que lo encuentre? He aquí el segundo que me arrebatáis cuando empezaba a amarle.
Con estas palabras, y otras más dolorosas, daba rienda suelta a su quebranto la desdichada princesa de Deryabar, mirando al pobre Codadac que no podía oírla. Sin embargo, no estaba muerto, y su mujer notando que respiraba aún, corrió a una aldea cercana, en busca de un cirujano. La dirigieron a uno, que marchó al instante con ella pero cuando llegaron a la tienda ya no encontraron a Codadac, lo que les hizo creer que alguna fiera se lo había llevado para devorarlo. Redobló la princesa sus lamentos, y el cirujano, enternecido al ver el estado en que se hallaba, le propuso que volviese a la aldea, ofreciéndole su casa y sus servicios.

Harrán en el siglo XII - Pintura de Mehmet Inci
Se dejó conducir, y el cirujano la llevó a su albergue, y aunque no sabía quien era, la trató con mucha consideración y guardó con ella todas las atenciones imaginables. Creía de este modo aliviar su dolor; pero no hacía más que renovarlo.
-Señora –le dijo días después-, os ruego que me refiráis todas vuestras desventuras; decidme de qué país sois y cuál es vuestro rango. Quizá pueda daros algunos consejos cuando me entere de vuestro infortunio. No hacéis más que desconsolaros, sin pensar que hay remedios aun para males más desesperados.
Habló el cirujano con tanta elocuencia que persuadió a la princesa. Ella le refirió sus aventuras, y cuando hubo terminado su relato, el cirujano tomó la palabra.
-Señora –le dijo-, puesto que vuestra situación es tan lastimosa, permitidme que os diga que no debéis sumiros en vuestro quebranto; antes bien, armaos de valor y cumplid con vuestro deber de esposa. Debéis vengar a vuestro marido. Si queréis, os serviré de escudero e iremos a la corte del rey Harrán. Es un príncipe bondadoso y justiciero. No tenéis más que pintarle al vivo la conducta de sus hijos con Codadac, y no dudo que os hará justicia.
-Accedo a esas reflexiones – respondió la princesa-. Si, debo vengar a Codadac, y ya que sois tan oficioso y expresivo que me queréis acompañar, estoy dispuesta a partir.
Apenas hubo tomado esa determinación, el cirujano mandó disponer dos camellos, en los que se trasladaron a la ciudad de Harrán.
Se apearon en el primer parador que encontraron, y preguntaron al dueño qué novedades había en la corte.
-Se halla sobresaltada –les dijo-. El rey tenía un hijo, que permaneció con él de incógnito durante mucho tiempo, y no sabe qué ha sido de él. La mujer del rey, Piruze, que es su madre, ha mandado practicar mil diligencias en su busca; pero todas han sido infructuosas. Todo el mundo siente la pérdida de ese príncipe, pues atesoraba muchas prendas sobresalientes. Tiene el rey otros cuarenta y nueve hijos, de diferentes madres; pero ninguno bastante aventajado para consolar al rey de la muerte de Codadac; digo su muerte, porque es imposible que viva no habiéndolo podido encontrar tras tantas pesquisas.
En vista de la relación del posadero, el cirujano juzgó que el único partido que había era que la princesa se presentase ante Piruze; pero este paso era arriesgado y requería tomar muchas precauciones. Era de temer que si los hijos del rey sabían la llegada e intentos de su cuñada tratasen de apoderarse de ella antes de que pudiese hablar con la madre de Codadac. Queriendo, pues, obrar con cautela, suplicó a la princesa que permaneciese en el parador mientras él iba a reconocer el palacio y buscaba algún arbitrio para comunicarse con Piruze.
Amanecía y Scherezade hubo de callar hasta la noche siguiente.
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Apenas hubo acabado la princesa la narración de sus aventuras, cuando Codadac le manifestó el interés que le había infundido.
-Pero señora –añadió-, en vuestra mano está vivir en adelante a vuestra satisfacción. Los hijos del rey de Harrán os ofrecen su asilo en la corte de su padre; aceptadlo. Seréis querida por el príncipe y respetada por todos; y si me creéis digno de vos, permitid que os ofrezca mi mano y que os tome por esposa ante estos príncipes. Serán testigos de nuestros juramentos.
Consintió la princesa, y aquel mismo día se verificó el matrimonio en el castillo, en el que había toda clase de provisiones. La cocina estaba llena de viandas y otros manjares de que el negro se alimentaba cuando estaba ahíto de carne humana. Había también frutas de excelente calidad y gran cantidad de vinos y licores.
Se sentaron a la mesa, y después de haber comido y bebido sosegadamente salieron del castillo llevándose el resto de provisiones, con ánimo de volver a la corte del rey de Harrán. Caminaron durante algunos días, acampando en los parajes más amenos que encontraban, y cuando estaban a una jornada de la ciudad, se detuvieron para dar fin al vino como gentes que no se preocupan de lo sucesivo. Codadac tomó la palabra y les dijo:
-Príncipes, huelga ya ocultaros quién sois; ved en mí a vuestro hermano Codadac. Debo, lo mismo que vosotros, mi nacimiento al rey de Harrán. El príncipe de Samaria me ha educado y mi madre es la princesa Piruze. Señora –añadió encarándose con la princesa de Deryabar-, perdonadme si también os oculté mi nacimiento. Quizá de habéroslo descubierto antes, hubierais evitado que hicieses algunas reflexiones desagradables sobre un casamiento que tal ves considerabais desigual.
-No, señor –respondió la princesa.; el afecto que me habéis infundido va en aumento de día en día, y para labrar mi dicha no necesitáis de la jerarquía que acabáis de revelar.
Los príncipes felicitaron a Codadac por su nacimiento y mostraron sumo alborozo; pero en lo íntimo de su corazón, en vez de sentirse satisfechos de tener un hermano semejante, se agudizó más y más el aborrecimiento que ya le profesaban. Se reunieron aquella misma noche mientras Codadac y su mujer gozaban de los halagos del sueño y resolvieron asesinarle.
-Es el único camino que nos queda –dijo uno de ellos-, pues nuestro padre cuando sepa que ese extranjero a quien ama tanto es su hijo, y que ha tenido valor para matar a un gigante a quien nosotros juntos no pudimos vencer, le profesará aún más cariño y le nombrará su heredero, menospreciando a sus demás hijos, quienes tendrán que postrarse ante su hermano y obedecerle.
A estas expresiones añadió otras que produjeron efectos en el ánimo celoso de sus hermanos, que en el acto fueron en busca de Codadac, que estaba durmiendo, y le dieron de puñaladas, dejándole sin sentido en brazos de la princesa. Tomaron el camino de la ciudad, adonde llegaron al día siguiente.
Su llegada causó alegría al rey, que había perdido la esperanza de volverlos a ver. Les preguntó el motivo de su tardanza; pero tuvieron buen cuidado de no decir la verdad, y no mentaron al negro ni a Codadac, limitándose a decir que movidos por la curiosidad de ver el país, se habían detenido en algunas ciudades circunvecinas.
Ya era de día y Scherezade dejó la narración para la noche siguiente.
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Apenas oyeron los prisioneros estas palabras prorrumpieron en un grito de regocijo y extrañeza. Codadac y la dama empezaron a desatarlos, y al paso que iban quedando libres, ayudaban a sus compañeros; de modo que en poco rato se hallaron todos libertados.
Se pusieron de rodillas, y después de dar gracias a Codadac por lo que acababa de hacer por ellos, salieron de la cueva, y cuando estuvieron en el patio, ¡cuál fue el asombro del príncipe al ver entre los prisioneros a sus hermanos, a quienes andaba buscando desesperanzado ya de encontrarlos!
-¡Ah, príncipes! –exclamo al verlos-. ¿No me engaño? ¿Sois vosotros los que veo? ¿Puedo esperar conduciros otra vez a vuestro padre, que está inconsolable por vuestra ausencia? ¿Pero no tendrá que llorar a alguno? ¿Os halláis todos vivos? ¡Ay de mí! La muerte de uno solo sería bastante para venir a amargar la dicha de vuestra salvación.
Los cuarenta y nueve príncipes se dieron a conocer a Codadac, quien los fue abrazando uno tras otro y les expresó la zozobra que estaba padeciendo el rey en su ausencia. Prorrumpieron en alabanzas a su libertador, como también los demás prisioneros, que no hallaban expresiones para manifestarles su gratitud. Todos juntos visitaron el castillo, en el que había riquezas inmensas, telas finas, brocados de oro, tapices de Persia, rasos de China y una infinidad de alhajas que el negro había robado a diferentes caravanas y cuya mayor parte pertenecía a los prisioneros que Codadac acababa de liberar.
Cada cual reconoció lo que era suyo y lo fue recobrando. El príncipe se las entregó y además repartió lo restante entre todos. Luego les dijo:
-¿Cómo haréis para transportar vuestras mercaderías? Estamos en un desierto en que no es fácil agenciárselas acémilas.
-Señor –respondió uno de los prisioneros., el negro también nos hacía robado nuestros camellos. Quizás estén en las cuadras del castillo.
-Aunque eso es muy posible –respondió Codadac-, sepámoslo de cierto.
Se dirigieron a las caballerizas, donde no sólo vieron los camellos de los mercaderes, sino también los caballos de los hijos del rey Harrán, de lo que se alegraron infinitamente. Había en las cuadras algunos esclavos que al ver a los presos en libertad supusieron que el negro había muerto. Enseguida echaron a huir por pasadizos que tenían muy sabidos y por los que nadie pensó en perseguirlos. Los mercaderes, satisfechos de haber recobrado su libertad, sus mercancías y sus camellos, se dispusieron a partir; pero antes dieron de nuevo las gracias al libertador.
Cuando se hubieron marchado, Codadac dijo a la dama:
-¿A dónde queréis ir? ¿Adónde os encaminabais cuando os sorprendió el negro? Quiero acompañaros hasta el sitio que hayáis elegido para vuestra residencia, y no dudo que estos príncipes hagan otro tanto.
Los hijos del rey Harrán protestaron que no la dejarían hasta verla en medio de sus padres.
-Príncipes –les dijo-, soy de un país muy distante, y sería abusar de vuestra generosidad distraeros de vuestros asuntos. Además, os confieso que me he alejado de mi patria para siempre. Hace poco os dije que era de El Cairo; pero después de vuestros ofrecimientos y del servicio de que os soy deudora –añadió mirando a Codadac-, correspondería muy mal no diciéndoos la verdad. Soy hija de rey, y un usurpador se apoderó del trono de mi padre, a quien asesinó. Yo, para conservar mi vida, no tuve otro arbitrio que huir.
Esta aclaración avivó la curiosidad de Codadac y de sus hermanos, y rogaron a la princesa que les refiriese su historia que se interesaban en sus quebrantos y que procurarían hacérselos más llevaderos. Les dio las gracias por sus nuevos ofrecimientos, y no pudiendo por más tiempo dejar de satisfacer sus deseos, empezó el relato de sus aventuras:
Ya amanecía y Scherezade interrumpió su narración.
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El príncipe registró los bolsillos del gigante que seguía tendido en el suelo, y encontró varias llaves.
Abrió la primera puerta y entró en un gran patio, en el que halló ya a la dama, que quiso arrojarse a sus pies para demostrarle su agradecimiento; pero él no lo consintió. Ponderó ella su denuedo y lo sobrepuso al de todos los héroes del mundo. Contestó él a estos cumplimientos, y como le pareció aún más bella de cerca que de lejos, no experimentaba mayor complacencia en verse libre del gran peligro a que había estado expuesto que en haber tributado servicio tan importante a dama tan hermosa. Su conversación fue interrumpida por lamentos y gemidos.
-¿Qué oigo?-exclamó Codadac-. ¿De dónde salen esas voces lastimeras que llegan hasta nosotros?
-Señor –respondió la dama señalándole una puerta baja que daba al patio-, salen de este sitio. Hay ahí muchos desventurados a quienes su estrella ha hecho caer en manos del negro. Están todos aherrojados, y cada día aquel monstruo sacaba a uno para que le sirviese de alimento.
-Me causa un entrañable júbilo –repuso el príncipe- saber que mi victoria rescata la vida de esos desgraciados. Venid señora, venid a participar conmigo de la satisfacción de darles la libertad. Por vos misma podéis juzgar del contento que van a recibir.
A estas palabras se adelantaron hacia la puerta del calabozo. Al paso que se iban acercando distinguían más y más los lamentos de los prisioneros. Codadac se enterneció. Con el afán de poner término a sus penas, introdujo en la cerradura una llave, pero no era aquella; probó otra, y el ruido que produjo hizo creer a aquellos desventurados que era el negro, que según costumbre, iba a llevarles de comer y a sacar a uno de ellos, por lo que redoblaron lamentablemente sus gritos.
Abrió el príncipe la puerta y halló una escalera bastante empinada, por la que bajó a una gran y profunda cuesta que recibía escasa luz por un respiradero y en la que había más de cien hombres atados a unos postes, con las manos ligadas.
-Desgraciados viajeros –les dijo-, pobres víctimas que no esperabais más que una muerte cruel, dad gracias al cielo que os libra hoy por medio de mi esfuerzo. He matado al horrible negro por quien debíais ser devorados, y vengo a romper vuestras cadenas.
Scherezade interrumpió la narración pues ya despuntaba el día.
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El rey se desvivió en agasajos y lo empleó en sus ejércitos. No tardó el joven príncipe en darse a conocer por su valor. Se granjeó el aprecio de los oficiales y fue el asombro de la soldadesca, y como su talento igualaba a su valor el rey le cobró tal aprecio que no tardó en ser su confidente. Todos los días acudían a visitar a Codadac los ministros y demás cortesanos, y ansiaban tanto su amistad como se desentendían de todos los demás hijos del rey. No pudieron éstos verlo sin sentimiento, y se enconaron contra el extranjero. No obstante el rey le amaba cada día más y más, dándole repetidas pruebas de su afecto. Continuamente lo tenía a su lado. Admiraba su talento y sensatez, y para demostrale el grado de confianza que en él tenía, le confirió el mando sobre los demás príncipes, aunque él era de su misma edad; de modo que se convirtió Codadac en ayo de sus hermanos. Esto no hizo más que fomentar el rencor que le tenían.
-¡Cómo -decían- el rey no se contenta con preferir a ese advenedizo, sino que nos pone bajo su tutela! Esto no deberíamos tolerarlo. Es menester quitar de en medio al extranjero.
-No tenemos más que cogerle entre todos - decía uno- y que fenezca bajo nuestros golpes.
-No, no -contestaba otro-. No nos conviene asesinarle nosotros mismos. Esto nos haría odiosos a los ojos del rey, quien en castigo nos declararía indignos de sucederle. Podemos perderlo de otro modo. Pidámosle permiso para ir a cazar, y cuando nos hayamos alejado de casa. tomaremos el camino de alguna aldea a donde iremos a pasar unos días. Extrañará al rey nuestra ausencia, y no viéndonos volver perderá la paciencia y quzá mande matar al extranjero. Al menos le desterrará de la corte por habernos dado permiso para alejarnos de palacio.
Todos los príncipes aprobaron este ardid. Se presentaron a Codadac y le pidieron permiso para ir de caza, prometiéndole que volverían el mismo día. El hijo de Piruze cayó en el lazo y les concedió el permiso que deseaban. Partieron; pero no regresaron. Hacía ya tres días que se habían ausentado, cuando el rey, extrañando su ausencia, le preguntó a Codadac:
- ¿Dónde están mis hijos que hace días que no los veo?
-Señor -respondió-, hace ya tres días que han ido de caza. Con todo me habían prometido volver el mismo día.
El rey se mostró impaciente, y su zozobra fue en aumento cuando al día siguiente no comparecieron. No pudo contener su ira, y dijo a Codadac:
- Imprudente extranjero, ¿acaso debías dejar marchar a mis hijos sin haberlos acompañado? ¿Así cumples con el encargo que te hice? Ve a buscarlos inmediatamente y traémelos; de otro modo, cuenta por segura tu muerte.
Estas palabras aterraron al desgraciado hijo de Piruze. Se ciñó sus armas, montó a su caballo y salió de la ciudad como un pastor que ha perdido su rebaño.Buscó a sus hermanos por todas partes, y no pudiendo adquirir noticia alguna, se apesadumbró sin consuelo.
-¡Ah, hermanos míos! -exclamó-.¿Qués os habéis hecho? ¿Habréis caído en poder de los enemigos? Mi venida a la corte de Harrán, ¿no habrá sido más que para causar tan gran sentimiento al rey?

Harran
Inconsolable estaba por haber permitido a los príncipes ir de caza sin haberlos acompañado. Después de haber empleado algunos días en pesquisas infructuosas, llegó a una llanura dilatada, en cuyo centro había un palacio de mármol negro. Se acercó a él y vio en una ventana a una dama de peregrina hermosura, que tenía los cabellos sueltos, los vestidos rasgados y en su rostro retratado su entrañable desconsuelo. Así que vio a Codadac y consideró que podía oírla, le hizo señas para que se detuviese y le dirigió estas palabras:
-¡Oh, joven! Aléjate de este palacio funesto, si no te verás en poder del monstruo que lo habita. Un negro sediento de carne humana que conduce a esta llanura y los encierra en lóbregas mazmorras, donde no los saca sino para devorarlos.
-Señora -respondío Codadac-, decidme quién sois, y de lo demás no os preocupéis.
-Soy una joven de El Cairo de esclarecida alcurnia. Pasaba ayer cerca de este palacio para ir a Bagdad cuando encontré al negro, que mató a todos mis criados y me condujo aquí. Si no tuviera que temer más que a la muerte, ésta no me sería muy sensible; pero por suma desventura, ese monstruo quiere que acceda a sus deseos, y si mañana no me avengo, debo temerlo todo de su brutalidad. Pero aún estáis a tiempo de -añadió-, sálvate; el negro volverá luego. Salió en persecución de algunos viajeros que vio a lo lejos de la llanura. No te queda momemento que perder, y aun no sé si con una pronta huida lograrás evitar no caer en sus manos.
Scherezade interrumpió su narración hasta la noche siguiente.
Apenas hubo pronunciado estas palabras compareció el negro. Era un hombre de estatura gigantesca y de horroroso aspecto. Montaba un fogoso caballo tártaro y tenía una cimitarra tan larga y pesada que tan sólo él podía esgrimirla. El príncipe, cuando lo vio, quedó atónito ante su figura monstruosa, y dirigiendo al cielo una corta plegaria para que le ayudase, desenvainó su alfanje y esperó a pie firme al negro; pero éste, menospreciando a un enemigo tan aparente endeble, le intimó a que se rindiese.
Codadac dio a conocer con sus ademanes que iba a defender su vida, porque, acercándose a él, le malhirió en la rodilla. Sintiéndose el negro malparado, dio un grito horroroso, que resonó en toda la llanura. Furioso y espumeando de rabia, se levantó sobre sus estribos y trató de anodadar a Codadac con su terrible cimitarra. El golpe iba descargado con tal violencia que el príncipe no hubiera necesitado un segundo para morir de no haberlo evitado con suma agilidad y maestría. Entonces, antes de que el negro pudiese asestar otro golpe, Codadac le descargó tan recia cuchillada que le cortó el brazo derecho. La cimitarra cayó al suelo con la mano que la empuñaba, y el negro, cediendo a la violencia del golpe, perdió los estribos e hizo temblar la tierra con su caída. El príncipe saltó del caballo, y arrojándose sobre su enemigo le cortó la cabeza. La dama, que había presenciado aquella lid y que rogaba al cielo por el joven héroes que le causaba tanto asombro, prorrumpió en un grito de alborozo y gritó a Codadac:
- Príncipe, pues la victoria que acabáis de ganar y vuestro ademán aseñorado me dan a entender que no sois de una clase vulgar, dad fin a la obra empezada. El negro tiene en su poder las llaves del castillo; tomadlas y sacadme de este encierro.
Ya amanecía y Scherezade calló.
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Todos conocemos algún cuento de "Las Mil y una Noches". Personalmente me gustan mucho y tengo una recopilación de estos cuentos en cuatro tomos según la versión alemana de Gustav Weil. Esta obra fue redactada entre los siglos IX y XV, pero el relato que sirve de marco, la historia de Scherezada y cierto número de cuentos son mucho más antiguos. El origen de la mayoría de los cuentos es persa, árabe e indio, pero también hay alguno turco o de otro procedencia. Por eso aquí contaremos este relato de la "Historia de Codadac y sus hermanos", de origen turco que se sitúa en
Harrán (actual Turquía).
"Los que han escrito la historia del reino de Yerbekir refieren que en la ciudad de Harrán reinaba en otro tiempo un rey sabio y poderoso. Amaba a sus súbditos, y éstos le correspondían con igual cariño, pues era acreedor a ello por sus virtudes, y para ser colmadamente dichoso no le faltaba más que tener un heredero. Aunque su serrallo atesoraba ya las beldades más peregrinas del orbe, no había podido tener hijo alguno. Rogaba continuamente al cielo que accediese a su petición, y una noche, mientras estaba gozando de dulcísimo sosiego, un hombre de aspecto venerable, o más bien un profeta, se le apareció y dijo:
- Tus oraciones han sido atendidas. Al fin has logrado lo que ansiabas. Tan pronto como te despiertes, levántate, ponte en oración, y haz dos genuflexiones; luego vete a los jardines de tu palacio y manda al jardinero que te traiga una granada. Come tantos granos como hijos quieras, y verás cumplidos tus deseos.
Se despertó al día siguiente el rey, y recordando aquel sueño dio gracias al cielo. Se levantó, y después de haber orado hizo dos genuflexiones; luego pasó a los jardines y comió cincuenta granos de de granada. Tenía cincuenta mujeres y todas ellas recibieron la bendición del cielo; excepto una llamada Piruze, que no daba señales de ser madre. Cobró el rey tanta aversión a esta dama, que quiso matarla.
- Su esterilidad- decía- es prueba evidente de que el cielo no considera a Piruze digna de ser madre de un príncipe. Por lo tanto, será preciso que haga desaparecer del mundo a una persona que le es odiosa al Señor.
Formada esta resolución tan cruel su visir le disuadió del intento, diciéndole que no todas las mujeres tenían un temperamento igual, y que no era del todo imposible que Piruze hubiese de ser pronto madre, aunque no hubiese aún indicio alguno del caso.
- Pues bien -respondió el rey-, que viva; pero que salga inmediatamente de la capital porque su presencia me es intolerable.
- Puede Vuestra Majestad enviarla -replicó el visir- a la corte del príncipe Samer, vuestro primo.
Satisfizo este consejo al rey y envió a Piruze a Samaria con una carta en la que pedía a su primo que la tratase bien, y que si daba a luz, le comunicase su alumbramiento.
Cuando Piruze llegó a aquel país se había ya manifestado el embarazo, y dio a luz un niño más lindo que el mismo sol. El príncipe de Samaria notificó al rey de Harrán el feliz nacimiento de aquel hijo y le dio la correspondiente enhorabuena.
Alegre en extremo el rey, contestó al príncipe en estos términos:
"Mi querido primo, todas mis demás mujeres han dado también a luz, cada una un príncipe, de modo que tengo aquí un sinnúmero de críos. Os ruego que eduquéis al de Piruze, poniéndole el nombre de Codadac, y ya me lo enviaréis cuando os avise."
El príncipe de Samaria se desveló en la educación de su sobrino, y le hizo aprender a montar a caballo, tirar al arco y cuanto corresponde a un hijo de rey, de modo que a los dieciocho años era todo un portento. Sintiéndose Codadac con un ánimo digno de su nacimiento, dijo un día a su madre:
- Señora, ya empiezo a cansarme de estar en Samaria. Siento sumo afán por granjearme nombradía. Así, pues, permitidme que vaya a ganarla en los peligros de la guerra. El rey Harrán, mi padre tiene muchos enemigos. Varios príncipes vecinos suyos tratan de hostilizarle. ¿Por qué no me llama a su lado? ¿Por qué me deja aquí tanto tiempo y me trata como a un niño?¿No debería estar ya en su corte? Mientras mis hermanos tienen dicha de pelear a su lado, ¿debo permanecer aquí en la ociosidad?
- Hijo mío -respondió Piruze-, no deseo menos que tú verte sobresalir. Quisiera que ya te hubieses señalado contra los enemigos de tu padre; pero hay que esperar a que te lo mande.
- No, señora -replicó Codadac-; harto he esperado ya. Me desvivo por conocer al rey y hasta pienso ir a ofrecerle mis servicios como un joven desconocido. Sin duda los aceptará, y no me daré a conocer hasta haberme destacado por mi denuedo. Quiero merecer su aprecio antes de que tenga ocasión de conocerme.
Aprobó Piruze tan generosa determinación, y temeroso de que el príncipe Samer se opusiese al intento, Codadac salió de Samaria sin decirle nada, pretextando ir de caza.
Montaba un caballo blanco con bridas y bocado de oro y silla con guadrapa de raso azul salpicada de perlas. Llevaba un sable cuyo puño era de un solo diamante, y la vaina de madera de sándalo embutida de esmeraldas y rubíes, y a sus espaldas el arco y carcaj. Con aquel arreo, muy realzado por su gallarda gentileza, llegó a la ciudad de Harrán. Tuvo ocasión de presentarse al rey, quien, propenso desde luego tan portentosa bizarría, o quizá por la fuerza de la sangre, lo acogió con agrado y le preguntó su nombre y estirpe.
- Señor - respondió Codadac-, soy hijo de un emir de El Cairo. Salí de mi patria con el afán de ver mundo, y como he sabido, al pasar por vuestros Estados, que estabais en guerra con algunos vecinos, vengo a vuestra corte a ofreceros mi persona.
Amanecía cuando Scherezade tuvo que suspender su narración.
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Hace un par de años realizaron una exposición "
Espacio Sefarad" en el palacio de Sástago (Zaragoza) bastante interesante y didáctica sobre el Aragón sefardí. Durante la Edad Media convivían en la Península Ibérica, las tres culturas: cristianos,
judíos y musulmanes. No fue hasta la época de los Reyes Católicos, finales del s.XV cuando comenzó la expulsión de musulmanes y judíos y se creó el terrible tribunal de la Inquisición.
Muchos de estos judíos se asentaron en territorio otomano. El sultán Bayaceto II se alegró de ello, pues dijo que los Reyes Católicos habían proporcionado riqueza a su imperio al haber expulsado a los judíos y que éstos se hubiesen quedado en sus tierras.
Todavía hoy en día quedan comunidades allí que intentan conservar el idioma y la cultura judeo-española, realizando obras de teatro, cantando o escribiendo revistas como la
Şalom Gazetesi, de la que extraigo este cuento. Puede ser curioso, por el castellano que utilizan, por eso lo dejaré así.
Osmanlı-Türk Sefarad Kültürü Araştırma Merkezi es el centro de investigaciones sobre la cultura sefradí, otomano-turca, interesante también su web escrita en turco, judeo-español e inglés.

“Era una epoka de trublo (karışıklık), de tristeza en el Reynado de los Hayot (hayvanlar alemi). Una terrivle epidemiya estava abatyendo kon dozenas, los moradores de la shara (orman). Grandes shifros estavan muryendo o kedando enfirmos.
“A la fin, se izo una proklamasyon real (kraliyet bildirisi). Todo modo de haya, chika o grande, deviyan arrekojersen en el espasyo (alan), en medyo de la shara. El Leon, rey de los animales, se adereso a sus sujetos:
“ Ermanos i ermanas! Una grande punisyon mos abasho de los Sielos. Antes ke todos seamos viktimas, devemos topar los pekadores (günahkarlar) d’entre mozotros. Kada uno, deve bushkar al fondo del korason i konfesar sus pekados. De esta manera vamos a konoser la kavza de esta kalamita (felaket).
“İ, el Rey Leon, dando el primer egzempyo, atorgo su pekado: “El otro diya mati un ombre. Embabukado en mis penseryos, estava kontrolando las frontyeras de mi Reynado. El korason i el meoyo, yenos de los problemas de mi pozisyon. Enkontri un umano, lo ataki, i lo espedasi... Ya se ke peki, i devesh djuzgar mi krimen.”
“Todos, de una boka, protestaron: “Su Majeste! Ken puede blamar (kınamak) un novle lider, ansyozo i pensativle (dalgın) kon sus grandes responsabilidades? Dinguno puede akuzarvos por vuestro aleshamyento de las leyes...”
“Despues del Rey, el Lovo (kurt) tomo la palavra: İ yo devo atorgar ke kometi pekado. El otro diya teniya un ambre ke me estava burakando el estomago. En esto, vide una kavra femal (dişi keçi) kon su kriatura, komyendo las yervas i las flores. Les rompi el garon de las dos, aun ke la una sola me abastava para artarme...

“Egzakto, tu pekates” disheron los animales. “Ma, visto ke el ambre fuerte te eskuresyo el pensamyento, ya sos pardonado!.” İ, ansi, kontinuaron las konfesyones i djuzgos. Uno detras de otro, los animales salvajes (yırtıcı hayvanlar) de la shara atorgaron sus karnajes i ladronisyos. İ, todos estos fueron pedronados sovre sirkunstansyas atenuantes (hafifletici sebepler).
“Vino el torno del kodrero... İ, yo kometi un krimen. No se komo, mi patron, el otro diya, se olvido de embiyarme al kampo, a las yervas. Yo, muerto del ambre, komi un poko de la paja (saman) ke mi patron mete aryento sus kalsados para ke no le tuygan el pye..
“Komo tuvites esta ozadiya!” gritaron en una boz, el Leon, la Kulevra i otros... İ, ansi esklamando, “Kriminal!”, se echaron todos ensima del grande!! pekador, i lo despedasaron...”
Manadero: Rabbi Yaakov Krantz (1741)
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